La Noche y El Día

La tormenta se esconde a veces detrás de un sol radiante. No avisa de su llegada entre unos nubarrones con una luz parpadeante cargada de una energía transformadora y el rugido del trueno en celebración por haberme tomado consciencia por fin. El cielo veraniego llama mi atención con relámpagos antes de que llegue un vendaval que arrasa con lo parecía estable para mostrarme que nunca debo bajar la guardia. El aprendizaje de la vida no es ni lineal, ni controlable. Cada lección toma la forma de experiencias imprevisibles e intensas. Las más transformadoras llegan cuando menos las espero Durante buena parte de mi vida me quedaba en la oscuridad, buscando la sabiduría de la que no se acordaba mi alma. No entendía que para integrarla necesitaba la luz para iluminar mi camino de aprendizaje. Todo lo que aprendía durante las noches largas, lo comprendía al sentirme bañado en el sol del Amor, viviendo la intensidad de las emociones profundizadas. La sabiduría del alma requiere el equilibrio que trae la unificación de la noche y el día. Anular el dolor es limitarme a experimentar una felicidad superficial e incompleta. La paz es la alegría de la aceptación de la realidad y la tristeza es transformar el dolor en aprendizaje. Ya no temo tumbarme bajo las estrellas de las largas noches sin dormir que me permiten gozar la sensación de los primeros rayos de sol sobre mi torso desnudo del alba del despertar del alma. Las lágrimas del dolor riegan los capullos que florecen en las tomas de conciencia que me acercan a mi autenticidad, como las flores más hermosas del paraíso de mi sentir. FOTO: Amar la Lluvia de Ayo Nat (Pinterest)

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© Mathew Lees 2017

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