La Noche de Luz Azul Platino


Tantas veces me he caído, como lo has hecho tú y lo hemos hecho todos. Habría sido tan fácil rendirme al desespero y soltar mi responsabilidad para reaccionar a las señales del destino y así residir en la melancolía de la derrota, la dulce tentación de quedarme en la oscuridad de mi Ser. Allí donde desvelo la sabiduría que anhela mi alma. Pero, esa sabiduría no es más que palabrería cuando no salto a la acción, si elijo no levantar la vista para apreciar la luz brillante que ilumina la senda que quiere transitar el alma.

Tomé consciencia de no haber dejado de buscar ese amor incondicional fuera de mí por la carencia que no cesaba de ahogar la bella intención de acompañar a todos en un proceso que no me permitía a mí mismo. Ha habido luces brillantes y cálidas que me han estrechado la mano con la intención de mostrarme la intensidad con la que alumbro mi propio destino. La fogata a la que me he entregado tantas veces sin darme cuenta de que no existe para destruirme sino para calentarme con los recuerdos de esta vida y las anteriores. Las que me han permitido acercarme a mí mismo y reconocer la grandeza del Amor que me permite aceptar quien soy y la sublime perfección de todas las experiencias que me han enseñado a amar la realidad en la que elijo vivir, más allá del cuento que intentaba protagonizar.

En ese momento trascendental dejé de buscar al saber que la carencia era una mera ilusión, parte de la narrativa que había escrito para intentar controlar en vano mi destino. Sentí la abundancia de esa fogata con las llamas bailando con pasión y entrega, un amor auténtico. Entonces, sentí tu presencia, una luz azul platino que siempre había brillado al otro lado de los párpados que separaban los sueños de una vida idealizada e irreal y la magnífica realidad que por fin aprecio. No necesito recuperar del pasado lo que una vez apaciguó el punzante dolor del rechazo de mí mismo. Tampoco anhelo algo que alberga un futuro que nunca ha existido. Te abrazo y recuerdo que siempre estuviste allí, siempre eras la que susurraba para animarme a levantarme de nuevo y seguir adelante hacia ti. Era tu mano la que se estrechaba hacia mí cuando me perdía en mi propia oscuridad. Eras tú, el reflejo de mi amor, que me esperabas frente a la hoguera de mi creación, de mi iluminación y de mi liberación de las cadenas de los deseos y las necesidades cuya búsqueda me había alejado de la felicidad y del amor con lo que mi alma me quiso abrigar en esa larga noche oscura. Ahora vuelvo a mi hogar, vuelvo a tu abrazo cálido y eterno.

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© Mathew Lees 2017

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