El Renacimiento


Esta mañana, me he despertado paralizado del dolor. Ya no sé si es por la mente atormentada, el corazón desmenuzado o el cuerpo abusado por los excesos de mi propia furia. La nausea de no haber dormido bien es la resaca de la borrachera de la indagación en uno mismo. No basta con sentirme defraudado por quien no soy, ni donde no he llegado. Lo que nunca he dudado que soy es un luchador que no se da por vencido fácilmente.

Me he encerrado en mi propia jaula de introspección con el castigo de conocerme en profundidad. Ya quité la máscara hace tiempo para desvelar mi auténtico ser. Pero, no he querido aceptar todas las facetas de la persona que soy, sino seguir con la comodidad de las tendencias del personaje que había creado desde la infancia.

La vida se ha encargado de hacerme ver que así nunca podría ser feliz al no ser ni honesto, ni completo. Cada vez que he caído en los patrones de antes, me ha llegado un golpe duro. Ha sido una pelea codo a codo en el que por mucho escudo y destreza que tenga, me llegan los puñetazos e incluso las caricias del arma de mi némesis que es la sabiduría. Así, desangrado y abatido, me rindo.

Ya sé quien realmente soy y no lo quiero esconder más. Volví a nacer cuando me quité la armadura.

Pero, nunca creía en el poder de mi propia ser. No supe integrar en mi realidad todo lo que había desvelado al deshacerme del disfraz que llevaba. El desespero me ha enseñado que todo lo que siento lo he generado con la negación de mi realidad. No soy ese sumiso que se adaptaba a lo que quisiera la voluntad ajena. Soy el que elige imponer sus necesidades y deseos. Mi vida es mía y lo que yo quiero hacer con ella es lo que tiene que ser. La belleza del ser es saber que su instinto es el mensaje del alma, susurrando desde dentro con lo que debo hacer para cumplir la misión que eligió transitar en este cuerpo.

Siempre supe que las mejores lecciones son las que me dejan aturdido y temblando mientras las lágrimas bailan alrededor de los dedos que cubren mis ojos para que no vea el sacrificio que he tenido que hacer para entender este mensaje. Mis labios secos y ensangrentados por las mordidas al murmurar repetidamente, “¿por qué no lo viste antes?”. La felicidad que había construido cae al suelo con los recuerdos de lo que tenía que haber dicho o hecho.

En la gloriosa agonía de la transformación, me permito sentir la plenitud de la aniquilación de todo lo que era. Sólo con los añicos puedo empezar a construir una versión más auténtica de mí. Cada muerte y renacimiento fortalece mi identidad y deja pudrir el cáncer de la personalidad que me impedía sentir la felicidad que buscaba fuera. Ahora el nuevo cuerpo de guerrero, donde habita el alma que siempre me guía, se levanta y en un grito primordial, exorcizo el fantasma del ser que no sabía valorarse.

En un gesto singular, asumo mi posición para mostrar quien estaba encarcelado dentro de mí. Ya no temo pronunciar mi nombre con orgullo y amor propio, ni me cuesta expresar mi voluntad que no es menos digno que la de los demás. No vivo para satisfacer los caprichos de todos, sino para gozar de los míos con pasión y furor. Seguiré luchando hasta que me toque derribarme de nuevo para seguir en el ciclo de aprendizaje que es la vida. ___________ Mathew Lees

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© Mathew Lees 2017

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