La Última Resaca


A lo largo de mi vida, siempre he buscado la manada para desaparecer de mí mismo en un papel de clown. El que siempre sonríe y está pendiente de que todos lo estén pasando bien. Por otro lado, el que fomenta que todos interactúen, frecuentemente el que incluso hace de la Celestina, buscando la manera de acercar a dos, como un Cupido endemoniado cazando el amor sin piedad.

La misión incansable de desatar el bienestar y el amor en los demás por la gran falta que sentía dentro de mí mismo. El querer brillar más que los demás, para deslumbrar para que no viesen la tristeza detrás de la máscara de la sonrisa exagerada. Sólo me centraba en la diversión del espectáculo que siempre iba en aumento, así para cubrir la sensación de soledad que crecía dentro de mí como un cáncer, consumiendo cada rastro de autenticidad y de reconocimiento personal.

El narcótico que es escaparse de uno mismo se complementa a la perfección con lo que dijo Bukowski, ‘la realidad es una alucinación causada por una falta de alcohol’. Por consiguiente, eran años de excesos que cumplieron con la evasión de la realidad mía de forma continua y prolongada.

En un día más de resaca, con las secuelas de una bomba nuclear dentro de la cabeza y un desierto de soledad en el corazón, me levanté de la cama, con nausea y mareos. Una mirada fugaz al espejo desveló la muerte en vida. El espejo mostraba la cáscara extraña que siempre miraba desde el otro lado del cristal, mientras mi esencia continuaba su letargo en las profundidades inalcanzables de mi oscuridad. Esa forma desconocida del reflejo empezaba su retirada al estilo de Shakespeare, avisando de su muerte una y otra vez como lo había hecho tantas veces ya. Sin embargo, ese día no era el mismo mantra, sino uno que empezaba a resonar dentro del vacío de la oscuridad donde me había perdido completamente a mí mismo.

Después de la tormenta, llega la calma. Como un símbolo de la transformación, vomité con una fuerza tremenda. Lo que salía de mi boca era el veneno con el que me había estado matando con cada día que me alejaba de mí mismo. Con cada oleaje de mi cuerpo, sentía la purga de los años de abuso emocional y físico. Podría haber pasado horas sin que me diese cuenta. Las lágrimas se cayeron por mis mejillas por la muerte del personaje detrás del que me había escondido. Hoy nacía un ser auténtico, sin la necesidad de buscar fuera lo que siempre había llevado dentro.

Cuando mi cuerpo debilitado cesó de hacerme testigo del exilio de la negatividad que me había plagado de por vida en texturas, colores y olores de lo más macabro y fúnebre, sentía la presencia de mi esencia como una luz tenue que empezaba a alumbrar ese vacío dentro de mí.

Supe al instante que había llegado mi salvación, el único capaz de evitar la aniquilación de mi ser por completo. Sin dudarlo, me abracé para darme las gracias. Me había encontrado a mí mismo al haber rematado al Mr. Hyde que había cultivado desde la infancia. Al lavarme la cara con agua fría, para quitar los restos de la odisea, me daba cuenta de que la soledad no es un castigo, no es aislarse de la vida, no es perder algo que necesito. Al mirarme en el espejo, veía la mirada del amor que lo sana todo y una cara que transmite paz.

Sin pensármelo siquiera, me deshice de la fuente de distracción que es el móvil. Ya no iba a repasar los mensajes a rebuscar el contenido escondido entre las líneas o retorcerme en el auto-castigo por lo que tendría que haber escrito. Me alejaba de las redes sociales para no fingir una felicidad que envidiaba en mi proyección en los demás, ni para mirar las vidas aparentemente idílicas que hay por allí.

En el lugar de tal martirio, puse una lista de canciones con las que podía bailar. Hoy no era para hacer reír a la gente, ni para hacer el ridículo con alguna. Hoy bailaba conmigo mismo para sentir la delicadeza del trato amoroso que descubría en mí. Cantaba la letra, sin preocuparme de dar en los altos o acordarme bien de la letra. Lo único que importaba era sentir la voz sacar la luz del amor de mi interior para bañarme en ese cariño y acariciar mi cuerpo enquistado con las heridas repetidas a lo largo de una vida de esquivar mi propia realidad. La música que ahora fluía por mi ser, hacía latir mi corazón y aceleraba el pulso de la sangre que recorría por mis venas, alimentando las heridas que, por fin, empezaban su sanación.

Aquella mañana fue el momento que eché el libro de la vida a la fogata, donde me iba a entregar una y otra vez en los días posteriores para seguir con el proceso de morir y renacer, integrando el torrente de información que me llegaba con este gran despertar. Era una secuencia de perderme y volver a encontrarme de una manera diferente, cada vez más auténtico.

A diferencia de la necesidad obsesiva de estar siempre rodeado de gente a la que agradar, encontré en la soledad mi mejor aliado. Deseaba llegar a casa y encerrarme en esta aventura que superaba todas expectativas. En la ausencia de la tentación de ser de alguna manera u otra, descubría cuál era mi forma honesta de ser. La personalidad que había reprimido desde la infancia ya se hacía con el protagonismo. Daba la bienvenida con los brazos abiertos al nuevo dueño de mi vida, el que siempre había yacido dentro, pero cuyos gritos se quedaban en el silencio del gran vacío de mi interior. Ahora sus susurros me daban tranquilidad y con ellos se veía la llama hacerse más brillante, alimentaba con el afecto y ya alumbrando con una luz intensa de amor puro e incondicional mi ser. La energía acalorada empezaba a recorrer por dentro de mí, llegando a todas partes de mi sentir.

Era esa energía la que despertó mi sentir. En un momento de lucidez después de derretir la capa de suciedad y desprecio que me había cegado durante toda la vida, empezaba y retornar a las experiencias de la vida para sentir de pleno las emociones de cada instante. Como la intoxicación del placer sensorial de un encuentro exquisito y apasionado con la persona con la que conecto espiritualmente, me inundaban las emociones. Las lagrimas de tristeza, dejaban paso a las de las risas de alegría, antes de quemarse con la furia desmedida. La fluctuación del estado de ánimo me recordaba a las nauseas de la resaca con la que me despedí de una vida sin sentido para dejar paso a la maravillosa aventura de vivir con las emociones imponiéndose a la interferencia de los pensamientos.

En este nuevo estado, todo ha adquirido un nuevo sentido. Las palabras y el tono con el que se pronuncian van más allá que un sentido textual y tocan las partes del sentir, como una pluma, capaz de dar una caricia delicada o perforar la piel y hacer sangrar con una violencia extrema. Todo lo que me rodea, me llena los sentidos de información que evoca sensaciones de todo tipo, desde el perfume que trae a la mente el susurro de buenas noches de la pareja, hasta el sonido de los pasos de un extraño que desvelan su desconexión con el presente en busca de un futuro más prometedor. Ya había descubierto que en el pensamiento está la existencia, pero es en las emociones que se encuentra toda la riqueza de vivir. Así me abro a experimentar cada momento desde el sentir, acallando la interferencia mental que me intenta prohibirlo ya en vano.

__________ Mathew Lees

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© Mathew Lees 2017

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