Satori

Tantas veces me he obsesionado con correr detrás de algo, de tener que cumplir con una obligación que parece inalcanzable. Desayunaba con la ansiedad alimentándome de las noticias lamentables sin saborear ni la tostada crujiente, ni el café recién molido. Sólo contemplaba si tuviera tiempo para hacer todo lo previsto para hoy.


Después de trabajar, corría para llegar a tiempo para entrenar. En ningún momento estaba presente y, menos aún, en el cuerpo. Desde la ducha por la mañana, lo que susurraba debajo del chorro de agua no era ni una canción, ni un suspiro del placer de sentir el agua recorrer mi piel como los dedos de una amante apasionada. En contraste dramático, ensayaba alguna conversación que predecía que albergara el día. Iba perdido en crear situaciones desastrosas en las que inevitablemente creía que cayera.


Un día tomé consciencia, preparándome para realizar un ejercicio con pesas. Como los samuráis, repasaba lo que quería hacer y cómo me gustaría que saliera. Mientras me veía hacer la secuencia de movimientos con fallos inapreciables, sentía los esfuerzos que debería superar para lograr mi reto. En un instante, contoneaba mis dedos y con una inhalación, mi mente conectó con mi cuerpo en la elegancia del mejor levantamiento que había hecho.


Me di cuenta de mi satori, un momento zen cuando la mente pierde el protagonismo y, por fin, me sentía plenamente presente. En el deporte, entendí que el mito de la meditación había hundido en el olvido. La paz no está en vaciar la mente, sino en aceptar que es una parte equitativa del ser. Cuando desistí de controlar mis pensamientos, me liberé de su carga. Ya apreciaba la riqueza de la eternidad del instante, fuera del que no existe nada. Por muy tentador que sea, no he vuelto al vacío del qué será o de las comparativas con lo que jamás fue.


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