¿Quo Vadis?

Es difícil distinguir el momento en el que te perdiste de cuando comenzaste a intentar convencerte hacia dónde deberías encaminar un nuevo rumbo. En la infancia, no te preocupaba saltar de una aventura a otra, sin fijarte en los detalles. Lo único que te importaba era conectar con aquello que te recordaba que sonreír es una opción válida en todo momento y suele ser el antecedente a sentirte feliz y no el resultado de esa sensación.


En algún momento, dejaste de soñar con la conquista de un terreno lejano e imaginario para trasladar esa búsqueda empedernida a tu vida. Rechazaste tu realidad y te cegaste al mirar al horizonte empeñado en crear un destino diferente e idealizado. Te marchaste de tu presente, armado con los recuerdos contaminados con un juicio introyecto y una crítica mordaz de tu propia inocencia.


De repente silenciaste la voz juguetona que cantaba en el paraíso de tu sentir. Castigaste el niño interior por su libertad de creer en ti, por su confianza absoluta de que estés preparado para enfrentarte a cada experiencia y aprender de ella tal y como eres.


Apareció un discurso disciplinario que escarmentaba tu concepto de ti mismo a favor de otro de quien deberías ser para cumplir con todo lo que proyectas a tu familia. Elegiste interpretar sus buenas intenciones y consejos como exigencias y regaños. Así te escondiste dentro de una efigie majestuosa cuya vergüenza formaba la base de quien es y que culpaba a los que más te quieren por obligarte a renunciar tus sueños.


Sólo sabrás quien eres cuando dejes de perseguir el espejismo de quien crees que deberías ser. Entonces, tomarás conciencia de la alegría de tu familia al verte auténtico. Escucha el llanto del niño dentro de ti que suplica tu amor. Es el único que te conoce de verdad, capaz de mostrarte la belleza de tu autenticidad, ésa que te permite brillar delante de todos y, sobre todo, delante de ti.


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