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Las Cuatro Estaciones

La vida es cíclica, estamos en cambio continuo. Quien era ayer no comprende quien soy hoy. Es tan fácil perderme en las reflexiones del camino transitado o en las delusiones de destinos a los que jamás llegaré. La dispersión tan característica en mí me aleja de aquello que necesito saber para cerrar el círculo en el que me encierro hoy.


Tantas veces me he agarrado a lo conocido, a personas y a experiencias que han protagonizado rachas de mi vida. Temía soltarles como aquel que se sostiene a una cuerda, aterrado del vacío abajo. Me he identificado tanto con círculos que he preferido no alzar la vista y repetir los discursos desgastados como un vinilo rayado.


Me costó tanto darme cuenta de que soltar es la expresión definitiva de amor. Despedirme de amigos que ya no resuenan conmigo no sólo me libera a mí, sino también a ellos. Dejar hábitos y costumbres que ya me han aportado lo necesario me permite encontrar otros que desvelan otros componentes de mi ser.


La culpa que sentía por cerrar puertas era mi propio miedo a lo desconocido. Por mucho que me emociona una canción, pierde su valor con cada repetición. Entiendo que la vida es un concierto, con canciones alegres y otras melancólicas, cada una en su momento justo. Ya no me desespera que acabe mi canción favorita, sino me dispongo a escuchar una melodía nueva que me lleve a sentir una emoción novedosa.


Cada ciclo, dure lo que dure, termine para dar paso al siguiente. No necesito adelantar el paso ni ralentizarlo. Comprendo que gira a la velocidad precisa para que aprecie la lección que me pretende aportar. No me arrepiento de nada por muy doloroso que haya sido al aceptar que el año es mucho más que la primavera.


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