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La Curva Eterna

No sé si ha sido por escuchar el rugido de motores, por ver el torrente de anuncios de motos o porque siento que no volveré a acechar curvas en la sierra madrileña. El tema es que llevo días rememorando la sensación de la carretera abierta, el silbido del viento mientras acaricia el casco y fijo la mirada en la trazada de la próxima curva. Vivía con pasión el agarrarme al manillar y cabalgar montado en una yegua de dos ruedas y del poder de una yeguada. Bailaba en la línea fina entre la vida y la muerte, tomando decisiones instantáneas, desafiando la posibilidad de que equivocarme podría ser fatídico o peor.


Así, aprendí a estar presente, obligado a estudiar el ángulo de inclinación en la curva, la postura del cuerpo y la entrega de gas. Mi satori nació en ese momento de concentración, escuchando el coro de las voces dentro y fuera de mí. De repente desaparece todo aquello más allá que el aquí y ahora. Por eso, años después recuerdo la vista de paisajes borrosas a través de mi visera como si cada detalle fuese una experiencia que vivencio en este camino que llevo en la vida. Ni sé, ni me importa cuando arranqué el motor. Me da igual adónde voy. Lo único que me importa es como aplicar lo aprendido a este instante. Mi vida está en ello.


Es tan fácil desconectar de vivir plenamente, intoxicándome en rutinas y obligaciones, sobre todo cuando echo la culpa por las vivencias a otros. Es entonces, que el motero que soy ensilla con estos recuerdos y me pierdo de nuevo entre curvas y pinares, rodando los embalses del paraíso del sentir.


Mi pasión motera es indiferente a la vitalidad con la que recibo mi paternidad inminente. El amor me hace confiar en la luz sin sentir la necesidad de bailar con la muerte para sentir, para amar y dejarme amar.


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