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La Amistad

Cuando hablamos de relaciones, a menudo la amistad se queda a la sombra del amor de pareja o de familia. La vida me ha enseñado tanto para que aprecie lo que es un vínculo desinteresado. Son muchos los que han entrelazado su camino con el mío. Pero, pocos permanecen. Reconozco ser efímero y no me hago la víctima porque el que se va, soy yo.


Los años me han regalado la sabiduría necesaria para identificar a los que me aporten simplemente por estar y los que me restan vitalidad. Es precisamente por esto que carezco que piedad. No persigo a nadie, ni exijo que me entiendan. La amistad sólo funciona si fluye. En el momento de ‘sacrificarte’ algo es mejor soltar.


Como los vínculos amorosos, las amistades pueden ser intensas, explosivas y, por tanto, fugaces o pueden crecer durante tiempo, cogiendo forma antes de florecer. Una unión no requiere sacrificios u obligaciones. Por eso, hay amigos que veo poco e, incluso, interactúo poco con ellos. Sin embargo, siento su presencia. No dudo de que nos queramos ni me planteo que no estuviésemos el uno para el otro tanto en tiempos de necesidad, como en los hitos alegres de la vida.


Soy una persona desapegada que huye de la cercanía. Parezco frio y distante, pero soy cauto. Es lo que sucede después de muchas batallas perdidas, muchas decepciones. Es el darme cuenta de que las relaciones son aprendizajes. No todas vienen para agradarme, sino para ayudarme a comprenderme.


Cada persona moldea su concepto de la amistad a sus necesidades. Además, acepto como se ha ido adaptándose a mi vida el tipo de vínculo que ofrezco. No son menores por carecer de la intensidad de las amistades de mi juventud. Comprendo que elijo calidad sobre cantidad y así sé apreciar la gente que mantengo en mi vida.


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