El Conflicto Real

La vida no es una guerra es un mantra que me he llevado como un fiel acompañante en mis batallas más feroces. Cada vez que me he levantado del suelo de nuevo, deshaciéndome de los despojos de otra derrota, me he enderezado para encarar el próximo enfrentamiento desde la dualidad del guerrero que muestra sus cicatrices con orgullo y el sabio que lo observa todo desde la aceptación plena.


Esta dicotomía forma la base de mis polaridades del que lleva la guerra en la sabiduría heredada y el otro que comprende que el camino es aceptar la coexistencia del día y la noche.


Tal vez, el conflicto real es el que arrasa dentro de mí en el huracán en cuyo ojo resido. Son tantas las veces que me he rendido frente las derrotas más aplastantes que se me olvidan las victorias más gloriosas. Pero, la aceptación me ha enseñado a quedarme con las lecciones, aquellas que me han llegado de maneras costosas.


Cuando me he sentido sostenido sobre el vacío, me ha costado horrores soltar el agarre a lo conocido y a las velas gastadas, gotas de cera descoloridas ya sin mecha. Lo que no es real, nunca lo fue. Cuando he insistido en entender una situación de una manera particular, he ignorado el significado que desvela precisamente para qué elegí interpretarla así.


Es más, cuanto más me oriento por los laberintos de mi ser, más debo desafiar de las expectativas que me invaden en los momentos en los que me distraigo y me desvío. Así, impone el salto al vacío cuando lo realices con experiencia. Saber que la caída es libre e infinita me asusta. Pero, el miedo no es más que la indicación de estar en lo correcto.


Cada inconveniente por injusto o dañino que parezca es exactamente lo que necesito ahora mismo para comprender la realidad que he creado para ver mi autenticidad.


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