Aegishjalmur

Hace años, me tatué en el pecho el Aegishjalmur, que simboliza la resiliencia de los guerreros vikingos y del que me inspiré para integrarla en mi vida. Estoy orgulloso del logro de mantener la plancha durante seis minutos. Hay un momento, alrededor de los tres minutos cuando, empezaba a temblar y tomé consciencia del reto autentico de este desafío.


Al explorar los límites del aguante, descubrí que no es tanto físico, sino equilibrar el conjunto de mi Ser. Las dudas nacen del castigo de una mente mordaz y cruel. Los gritos de “no puedes” salen del miedo de una parte de mí que desea permanecer en el victimismo, liberado de la responsabilidad de brillar por mi propio valor, con la luz deslumbrante del amor propio.


El coraje no es mostrar a nadie mi valía, sino reconocerla en mí. El que busca la iluminación en la larga noche es el que no se atreve a abrir los ojos. Las estrellas son las miradas de todos que andan en la misma odisea de volver a encontrar su autenticidad. El que deambula no lo hace por estar perdido, sino para volver a su hoguera y reencontrarse consigo.


Al regular mi respiración en el suelo, las palabras se transformaron en, “puedes con todo”. Saber reconciliar con el veterano de combate que lleva dentro es lo que me permite canaliza esa furia en resistencia y discernir que cada envite es perfecto y oportuno. Las lecciones llegan cuando estoy preparado y de la manera óptima para que los aprecie en el rumbo hacia la fogata de mi paraíso del sentir.


Agradezco cada tropiezo, cada patada que me he dado, cada herida que he abierto como las hojas del tomo que pretende enseñarme mi propósito. El mismo de todos que hemos nacido para reencontrarnos con la luz que más nos cuesta ver: La nuestra.


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