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La Resiliencia Obstinada

Al tomar consciencia de mi realidad, imaginaba que sería fácil dejar fluir todo. Dejaría de nadar siempre contracorriente, en una pelea continua para imponer mi voluntad contra el destino que me corresponde vivir. Ahora cierro los ojos y floto a la derriba como una rama caída y libre.


Lo que sucede es que no soy de madera y tampoco soy inanimado. Entonces, me resisto y sigo cuestionando adónde me lleva la corriente. La vida es complicada y exige sacrificios. Tantas veces he renunciado lo conocido para seguir acercándome a comprender el misterio de la vida misma.


Suelto sin remordimientos a personas y costumbres que han dejado de aportarme aprendizajes que me permiten seguir destapando los secretos que se esconden detrás del fuego que contiene mi mirada. Pero, hay pilares que he construido para crear una pertenencia que crea un hogar donde me siento protegido y amparado. Son estructuras que me han sostenido en las tormentas más destructivas de mis transformaciones, sitios donde agarrarme para ayudarme a ponerme de pie cuando me he visto ahogando en mi miseria, con voz ronca de gritar en el silencio.


El reboso no lucha para evitar la cascada. Yo, en cambio, me niego a aceptar que el camino alumbrado puede ser mejor que el que conozco a oscuras. Incluso cuando la cuesta se hace inalcanzable, mi resiliencia se confunde con mi obstinación. Llevo un largo camino recorrido. Tantas veces he renacido para embarcar en un rumbo desconocido que me aleja de lo cómodo y he aceptado que la sabiduría de levantarme después de cada caída me acerca al paraíso que dejé de reconocer.


El desafío es distinguir entre perseguir los sueños y perderme en ellos. Mi empeño me puede salvar o consumir. La clave es confiar que mi luz no me deslumbre, sino que alumbre la realidad que habito.


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