El Río del Amor

De pequeño me alimentaba de la utopía de las películas de Disney. Rápidamente, empezaba a creer que encontraría la felicidad al lado de alguna princesa de un reino lejano con el pelo largo y ojos en los que perderme. Soñaba que abandonaría con ella el pueblo que no me reconocía como príncipe, sino como el vagabundo de la película.


Cuanto más me metía en este sueño deliciosamente imposible, me alejaba de una realidad que pintaba con tonos grisáceos. El declive del cuento era la maleta que llevaba en mi huida, ahora ferozmente independiente. Si no existía esa princesa que quería rescatar, no necesitaba a nadie.


MI visión del amor se había convertido de una película distópica. Mi vida amorosa era una calle de Blade Runner, lluviosa, oscura e iluminada por espejismos alegres e imposibles desde los rótulos fluorescentes.


Intentaba recuperar la ilusión de mi inocencia infantil con amores condenados a fracasar como las noches de excesos que disfrutaba por no sentir nada más que la intoxicación. Pero, las mañanas resacosas castigaban cada vez más.


Mi compañera más fiel durante las albas solitarias era la música cuyas melodías me recordaron lo bello que es sentir mis emociones con un compás alegre y tranquilo. La catarsis llegó una mañana así, mirando la luz tenue y rojiza del sol que invadía la oscuridad en la que me refugiaba.


Buscar amor era sentir carencia y desviarme del presente, de lo que sí es. Me había creado una expectativa fantástica de lo que debería ser el amor, una necesidad de completarme, de mostrar lo que no veía en mí. El amor es imperfecto, fluctúa y se transforma como un río que encauza su camino al mar. Se lleva consigo al que trata de domesticarlo. Pero acuna al que se rinde a flotar en sus corrientes apasionados e incesantes. El amor siempre está. Está en ti elegir cómo quieres nadar en ello.


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Foto: The Big Blue de John Kowitz

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