Aprendiendo a Andar

Una aventura sin complicaciones no deja de ser un viaje más. La suerte es una etiqueta que has empleado para justificarte cuando no te atrevías a salir de lo conocido, a desviar tu atención del camino que pisan todos, tanto los que han sido una referencia para ti, como los que quisieras emular de alguna manera.


La odisea de la vida no se trata de seguir al rebaño y hacer lo que consideres lo correcto. tropiezas precisamente para que tomes consciencia que tu camino es otro. Estás aquí para encontrar la sabiduría que perdiste cuando te empeñaste en alejarte de ti. Lo más curioso es que sólo tú sabes cómo reencontrarte.


Cuando no procede como esperabas, te castigas por desafortunado o equivocado, sin darte cuenta de que estás aprendiendo a andar y, a su vez, reconocer tu perfecta imperfección. En lo que denominas ‘fallos’, desvelas las capas con las que tapas tu autenticidad. Cuando más desnudo estés, más bello te ves sin las mentiras con las que intentabas embellecerte como vestimentos exquisitos.


No naciste de pie, sino con la paciencia para estudiar cómo emplear las piernas. Es un proceso que requiere las caídas que hagan falta hasta que consigas encadenar cada paso. No es diferente reconocerte. Para saber quien eres, has de saber quien no eres. Así, cada vez que te pierdes en tu mirada, recuerda que no es más que un disfraz que ves.


Sigue buscando el destello en tus ojos después de parpadear y proclamar que no eres aquel que exige una manera de vivir. Eres el aventurero intrépido que se lanza al vacío sin saber adonde ir, ni cómo llegar allí. Pero, que pisotea sobre la tierra fértil y virgen dispuesto a experimentar sin tapujos lo que encuentre allí con el deseo de seguir esa luz astral que brilla dentro de ti.


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