El Ogro de Las Tinieblas de mis Miedos


Me cuesta respirar por las garras con las que mi frustración me estrangula. La espantosa bestia de ojos rojos y penetrantes mi mira con una furia desatada. La peste que emana de su cuerpo morado y rugoso es la culpa que me echo por no ser todo lo que quisiera ser, por no posicionarme donde yo quisiera y por no valorarme tanto como los que me quieren.

En su respiración fría y molesta oigo los llantos de la decepción por haberme distraído, por haberme salido de mi centro. Sus oídos no entienden mis susurros con los que me interrogo por qué me sucede esto a mí, como si fuese algo más que cualquier otra persona y qué tengo que hacer para que no me ocurran tales calvarios como si tuviese control sobre las experiencias que necesito transitar para ser precisamente quien soy hoy en día.

La aceptación está al otro lado del océano de lágrimas en el que me baño para intentar limpiar la sangre de las heridas abiertas desde de mi propia azotaina. Me castigo por no sentirme tan perfecto como la vida muestra que soy o por no haber evitado la experiencia desgarradora que me ha obsequiado esta lección transformadora que veré cuando vuelva a abrir los ojos, quitando la venda del victimismo que me permite gozar de la misericordia cómoda, ausente de responsabilidades y culpa.

Ese dolor es la llave con la que me libero cada vez que me meto en la jaula del desespero con el único acompañamiento de la duda de mí mismo y al rellenar el vacío que deja el amor propio del que me he desconectado. El camino nunca iba a ser fácil. Mi alma ha venido a aprender y no para hacer turismo. No es ningún paseo por las cerezas en flor, sino un sendero por el bosque encantado con los fantasmas de mis miedos y mis juicios. Una ruta sinuosa con trampas y obstáculos que me recuerdan una y otra vez de lo que aprendo con cada paso que doy.

Por eso, elijo aceptar mis llantos y despedirme de las lágrimas, cada una cargada de una exigencia dirigida hacia mí mismo o una expectativa con la que intentaba manipular la realidad. Así, me quedo con mi última responsabilidad para seguir adelante, independientemente de la fuerza del viento de cara que intenta empujarme atrás a lo cómodo y lo conocido. El único destino es el amor incondicional y propio que se me escapa cuando me entretengo con el castigo sin piedad a lo que me someto cuando flojea mi valentía y la confianza que todo es perfectamente imperfecto.

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Mathew Lees

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© Mathew Lees 2017

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