Elijo Sentir


Hay una elección que tengo que tomar cada día al despertarme por la mañana. Más allá que abrirme a sentir el frío de la oscuridad que cubre el paisaje de la esperanza que espera el brillo alentador del sol del amor, me dispongo a aceptar la inmensidad de las sensaciones que amenazan a distraerme del camino que el he elegido tomar por el reino de los sentidos que contempla la vida misma. Hace tiempo, por cobardía, me escondía detrás de la máscara de indiferencia, mientras el corazón padecía del cáncer terminal de la negación. Era mucho más fácil no sentir y, como consecuencia, no tener que lidiar con el miedo y la frustración. Existía, sin más. Vivir es sentir la sangre recorrer mi cuerpo, impulsado por las palpitaciones militares y entregarme al tsunami de información en forma de las emociones que me producía cualquier estímulo que encontraba en el entorno que abría delante de mi ser al aceptar que las emociones son las lecciones que pretende obsequiarme la vida. Escuchar las palabras “te amo” no es comparable con sentir la caricia del aire que las transporta hacia mí y ver el rojo oscuro y brillante de la energía que contienen mientras fortalece la conexión amoroso entre los dos. La música de mi canción favorita no suena incluso cuando subo el volumen más de lo debido, sin dejar que las vibraciones de todos los colores del arcoíris de mi sentir llegan a mi cuerpo y me empujan a moverme incluso con la torpeza de un beso en un momento inadecuado al ritmo del ánimo indicado. Abrazar las emociones es liberarte de las cadenas de la lógica y el raciocinio, los aliados de una sociedad de muertos en vida, de personas que eligen seguir un camino sin flores, apenas alumbrado. Personas que quizá por miedo a sufrir, prefiere no abrir los ojos. Somos seres sumamente emocionales condenados a habitar una existencia regida por la información que intenta explicar lo que carece de definición y justificar lo que la mente no puede procesar. La elección no es si me permito sentir, sino si estoy dispuesto a profundizar en cómo me afectan las sensaciones que prometen llevarme al brillo cálido de un sol esperanzador cuando no me guía a los pozos del desespero o las fogatas del infierno mismo. Para sentir la alegría desatada, hay que conocer el dolor desgarrador y la tristeza profunda. Elijo sentir la decepción, la ira, el miedo, el fracaso, el rechazo, la ansiedad y el dolor más profundo porque también me abro a sentir la reconciliación, el amor, la felicidad, la gracia, la esperanza, el éxito. La vida sólo tiene sentido cuando nos disponemos a sacar cada gota de emoción de cada instante que cae al suelo y se deshace para siempre. Son momentos irrepetibles, oportunidades únicas y son los pasos que damos a lo largo de la vida en nuestro largo camino hacia donde ya hemos llegado: A la eternidad del presente que sólo existe ahora para siempre. ____________ Mathew Lees

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© Mathew Lees 2017

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