Las Lágrimas de la pena y de la felicidad


Las lágrimas secas que me hacen picar los ojos al despertarme después de otra noche más de dar vueltas a lo sucedido. La sensación de repetir un patrón matinal de recordarme que muchos me quieren, mi labor apoya a más, hago una diferencia al existir en este mundo y, por lo tanto, sí que me levantaré a desayunar bien para comenzar el día con una sonrisa, aunque sea forzada.

Canto una canción de afirmación personal, “no soy tu vendaval, soy el relámpago. No soy tu luna otoñal, soy la noche”. Partes de mí se despiertan y lo creen a pesar de la oscuridad del desespero que las mantiene en la noche fría de mi interior. Siempre quedan estrellas pequeñas pero brillantes que son las perlas de esperanza para guiarme por los senderos de mi sanación. No es la primera vez que las cicatrices y quemaduras de las fogatas de mi propio infierno complican los pasos que doy, ni será la última. El ciclo de sacrificios a los que me someto es como las agujas de un reloj antiguo que siempre vuelven al punto donde el polvo obstaculiza, esperando el empuje del relojero fiel.

El sol se levanta y se pone, el día empieza, termina y empieza de nuevo. Entonces, me doy cuenta de que todo es un ciclo. Las experiencias que me victimizan se repiten una y otra para que aprenda lo necesario. Es tan fácil caer en la creencia que el dolor es un castigo por no ser merecedor de más, por fracasar en el intento de mostrar mi valor al mundo, por no saber expresar mi amor por alguien sin perder el amor por mí mismo.

Todo aquello me despierta el entendimiento que las repeticiones también ocurren cuando tengo una herida que no quiero ver y necesito meter el puñal de nuevo para romper la piel marcada por las lesiones anteriores y dejar fluir la sangre de nuevo hasta que pueda purgar el cáncer que crece dentro. Cada vez que dejo sanar esa herida, sin centrarme en lo que hay dentro, alimenta el autocastigo que me consume por dentro y me fortalece los muros delante de la vulnerabilidad y la inocencia del amor que quisiera entregar como una piedra brillante y bella y no como un ser hambriento y desfavorecido.

Aprendo al tropezar con la misma piedra que siempre me hace tajos en las suelas de mis pies y me obliga a arrodillarme, incapaz de seguir con mi desarrollo y aprendizaje. Desde allí, sólo me creo capaz de mostrarte cuánto te amo a ti, como el pajarito que pía al caer del nido, buscando la salvación. Allí mis necesidades son de sobrevivir y dejan de ser las de descubrir y compartir las maravillas de la vida. Mi felicidad y mis necesidades se limitan a hacer que me veas y sientas mi amor.

Se me olvida que te enamoraste del que sabe lo que quiere y no lo pido sino lo exige. El que no teme exponerse a las llamas del infierno porque sabe que lo supera todo, ya lo ha hecho una y otra vez y lo asume como el pan de todos los días. El amor propio que antes pasaba al segundo plano, mientras te quería dirigir todo ese amor hacia ti, es esa luz deslumbrante que sale de mi ser para alumbrar el camino por el que transito tanto solo como acompañado.

Las repeticiones no sólo son experiencias parecidas, o encuentros con personas parecidas, también pueden ser el día a día con alguien a quien intento enseñar la naturaleza de un amor puro e incondicional, sin darme cuenta de que sale de la enfermedad de la anulación de mí mismo. Cuando dejo de bañarme en el sol del amor propio y la afirmación de quien soy, e intento calentar a otra con sus rayos, caigo a la sombra y me convierto en una sombra ciega y desolada que busca el cuerpo detrás del cual antes bailaba con cada movimiento.

Así, decido no volver a salir del centro, el campo abierto donde me puedo tumbar en el césped de las experiencias nuevas, calentarme al sol del amor puro y regarme bajo las lluvias de mis lágrimas de felicidad y de pena. Ahora comprendo que sólo aquí puedo invitarte a compartir la inmensidad del amor incondicional que siempre te ofrecía sin más que cenizas en las manos, las que ahora reflejan el brillo del sol en las gotas de la lluvia del deleite, cada una con un sueño por realizar.

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Mathew Lees

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