El Amor del Adiós


No hay mayor dolor que el del amor o, mejor dicho, el desamor. La sensación de haberlo dado todo en vano, como fustigar a un caballo de piedra o beber de un vaso vacío. Cuando soplas con toda tu fuerza para inflar globos de ilusiones sólo para verlos flotar hasta el infinito en un baile al capricho del viento con una melodía que no sincroniza con las cuerdas de pena que mutan los llantos. Lo que antes daba color a los días se hace algo inalcanzable que se aleja sin piedad al cielo gris de la soledad. Allí te quedas mirando con ojos lagrimosos como esa luz brillante se distancia para dejarte en la oscuridad de otra noche fría y solitaria.

Por todo el amor con el que se expresa un ‘adiós’, no deja de ser la sentencia de un fracaso. De no haber sabido expresar los sentimientos con claridad o moderar la intensidad de las emociones que han recorrido tu ser. Haber defraudado las buenas intenciones de ser uno mismo y mostrar tu auténtico valor en lugar de haberte moldeado a lo que crees que esa persona quería de ti cuando se enamoró de ti, no esa versión limitada de ti, la que sigue las normas no escritas para no parecer demasiado interesado, la que no quiere mostrar que esa persona era tu sol y tu luna, la imagen con la que te despertabas y te dormías con una felicidad absoluta, la que no ansiaba sentir el roce de la piel de esa persona que removía la felicidad desde lo más profundo de uno mismo, esa que calentaba el cielo como el enorme sol de mediodía, venciendo a las nubes que amenazaban con su lluvia.

El amor está allí para enseñarnos quienes realmente somos y lo mucho que valemos. Es tan fácil en el furor de las sensaciones perdernos, salir del centro y dejar de ser nosotros mismos al buscar aumentar lo mejor del ser y esconder lo peor. Cuando hacemos esto, nos preparamos para la marcha fúnebre del amor y del amor propio al acompañar al cuerpo de trabajo que nos permitió enamorarnos de esa persona que ahora sólo se ve en los sueños reflejados en las lágrimas que corren por las mejillas para escaparse de la tormenta de la mente que no cesa de cuestionar qué tenía que haber hecho de otra manera.

Los valientes se miran al espejo para volver a conectar con uno mismo y quitar todo rastro del personaje que representaba en la comedía absurda de hacerse el fuerte. No hay mayor fuerza que la de nuestra propia vulnerabilidad. Conectar con la pureza de las emociones es permitirnos crecer y transformar, como la mariposa que sale del capullo del desespero. Cuando nos enfrentamos a las llamas de las fogatas de la muerte y el renacimiento, a abrazar el dolor abrasador de la aniquilación de la realidad ficticia a la que nos agarrábamos ansiosamente por miedo a perder la fuente de la felicidad, es cuando volvemos a volar como el ave fénix, desplegando las alas del amor y la felicidad que habíamos ignorado al buscar fuera lo que siempre tuvimos dentro.

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Mathew Lees

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