La Vida No Es Una Guerra


Como tantas personas, proclamo levantarme al diario a ponerme la armadura y salir otro día al campo de batalla. Hay días que me tocan enfrentarme a mis propios demonios, cuyas formas horripilantes se originaron en las pesadillas más temibles de la infancia y su comportamiento se ha ido perfeccionando en su manera de aterrorizarme con la acumulación de eventos nefastos que han plagado mi vida. Otros días, asumo mi posición entre el ejército de las personas a las que siento que debo mostrar mi valor, con la vista puesta en los retos que me impongo al diario, como si fuesen un conjunto de bárbaros ensangrentados, agitando hachas rudimentarias en el aire.

Siempre empezaba los días así, acompañando el desayuno con una cara pálida y muda, mientras estudiaba la estrategia para no caerme derrotado por mis propias exigencias y las que proyectaba a la gente que me rodeaba, ignorantes de su complicidad en mi suplicio.

Hasta un día que me levanté cansado de la lucha, desmoralizado por las derrotas continuas. Ese día, dejé la planificación militar de la defensa del reino de mi sentir. Me dejé guiar por los instintos como la hoja que cae al capricho del viento que la arrancó de la misma rama donde comenzó su corta vida.

La música dentro de mí dejó de cargar mis sentidos con una batería que hacía eco de los pasos de los soldados avanzando al campo de la muerte y la misericordia. Ahora, al abrirme a la plenitud sensorial, se completaba la instrumentación de las emociones que había negado.

El ritmo del bajo marcaba la mirada furtiva que buscaba los pájaros al vuelo por la ventana. El punteo de la guitarra reflejaba al latido del corazón que esperaba las nuevas experiencias del día que seguramente enriquecerían el repertorio de los conocimientos que iba acumulando con las conversaciones con los demás y con mi propio ser. La voz de la cantante me animaba a acoger la oportunidad de vivir hoy como un concierto y saltar con alegría con cada canción que sería uno de la multitud de momentos en los que algo o alguien me daría lo necesario para abrir el abanico de la sabiduría que muestra que la vida no es una lucha, sino una gloriosa lección, una oportunidad para comprender lo que uno siente y apreciar la maravilla que es vivir en el presente, en la eternidad del paraíso del sentir.

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© Mathew Lees 2017

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