La Supernova


La infelicidad plaga al que mira al espejo y no ve más que una cáscara de piel y hueso, con una mirada evasiva que rehúye del vacío que lleva por dentro, un agujero negro en el que intenta bloquear la oscuridad con el amor y cariño de los demás. La imposibilidad de la tarea desespera. Se ve como nada le aleja de su soledad, ya que toda esa luz que regala desaparece en las tinieblas y se queda solo en el silencio y el frío del espacio.

Sin embargo, después de años de escuchar a la gente comentar del valor que tengo y la incredulidad de mi ignorancia ciega de ello, un día una mirada sincera de amor desinteresado encendió una mecha que alumbraba mi interior con la reflexión, “¿cuándo te darás cuenta de lo hermoso que eres?”. Esa llama bailaba al son una canción alegre a lo largo de la tela que le llevaba a su explosivo destino. Al terminar el espectáculo, hubo un silencio anticipador antes del estruendo ensordecedor y la oleada del calor de la luz cegadora de la destrucción masiva y completa de una estrella muerta. El vacío se invirtió en una bola de fuego que consumía todo obstáculo de camino hacia donde siempre quiso estar. Así nació el sol que siempre estuvo allí, perdido en el vacío del olvido. Su brillo deslumbrante llenaba mi cuerpo, saliendo por mis ojos abiertos como planetas, de una sonrisa generosa y del mismo pecho como extensión del corazón palpitante del amor puro e incondicional.

Donde antes sólo había oscuridad, ahora se iluminaba campos soleados, con jardines aflorados con todos los colores del arcoíris, cada pétalo alimentaba por el amor de mi propio sol. La belleza del panorama calló en seco la búsqueda de felicidad por fuera al darme cuenta de que no hay más amor que el que llevo por dentro.

Todos los años que buscaba fuera lo que siempre había llevado dentro, una huerta rebosante de emociones en estado puro. Un jardín infinito de felicidad hasta los horizontes de la esperanza, bordeado por el bosque de las oportunidades. Al apreciar el paraíso aquel, reconocí que el único obstáculo al amor y felicidad a lo largo de tantos años era no abrir mis ojos y no querer ver que Edén yacía, y seguiré siempre, dentro de mí.

Ahora el gran placer es invitar a la gente que dé un paseo conmigo por el paisaje que está de cambio continuamente, adaptándose al momento que vivo. No necesito que me lleven a ningún sitio, que aquí tengo una abundancia de todo lo que me haga falta. Así es como llegué a entender que mi soledad aparente era por buscar mi lugar dentro de los jardines de los demás, donde me correspondía figurar como visitante ocasional y no residente. MI naturaleza nómada era el resultado del exilio que me había impuesto por haber dirigido toda la luz hacia fuera como un faro buscando rescatar a los desesperados en el lugar de cultivar lo más hermoso que siempre había dentro de mí. Era imposible darle cobijo al amor antes por vivir en las calles de la no aceptación y bajo los puentes del autocastigo, donde veía la felicidad de los que sí sabía adónde ir.

Cuando uno acepta la inmensa belleza que hay dentro de uno mismo, en la forma del amor propio, con su luz cálida de esperanza que nutre los cultivos de las emociones e ilusiones, acariciados por la brisa suave de la templanza de la paz interior. En este momento, vivo mi eternidad de estar centrado en aprender quien realmente soy al haberme quitado los filtros del victimismo y la evasión de la realidad. Me amo a mí mismo por todo lo que soy y ya no tengo dudas al dar la bienvenida a todos y todo que quiera formar parte de mi paseo por el jardín botánico en el que aprendo cada día más sobre mí mismo y las maravillas de la aventura que es la vida por la que me guía el Universo en su sabiduría infinita.

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© Mathew Lees 2017

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