La Metamorfosis


De repente en un momento inesperado, me encontré de nuevo en el cuerpo del niño que era hace años, sin la seguridad absoluta que era en esta vida u otra. Ese pequeño ser que buscaba su propia identidad y razón de ser. Volví a vivir el ansia de aquel tímido que no podía responder a la mirada de otros, sino con la cabeza bajada contestaba lo esencial y nada más. Un alma perdida, dentro de un cuerpo que no entendía para qué había llegado a este lugar.

Los días eran una lucha, desde el amanecer, al abrir los ojos y perder el contacto de sueños de felicidad y comprensión volvía a sentirse alejado del entorno, como un trasto que no se tiraba por el valor que podría alcanzar algún día. Mientras tanto, se quedaba debajo de un trapo para protegerse de la atención que no deseaba de las miradas de la gente. Si no os veo a vosotros, no me veis a mí. Quería ser invisible, sin tener que sentir mi temor a tener que justificar mi existencia.

En esos tiempos, me escapaba de la realidad al explorar el mundo que creaba para mí, liberad de la obligación de explicar porqué no sonreía como mi hermana o porqué no jugaba con los amigos que no tenía.

Todo cambió un día en la guardería, cuando se me escapó la bestia de la ira contenida y expresé mi sentir delante de todos con una violencia inesperada. Era el momento en el que me di cuenta de que existía y no era una figura imaginada por los que me trajeron al mundo.

Pronto aprendí que, en la exageración podía ser más que el fantasma que pasaba desapercibido en los rincones, incapaz de conectar con otros. Aquel día, nació el personaje que había elegido vestir de armamento, coronado con una máscara de clown. Así, empezó la gestión del monstruo interior que anulaba poco a poco a la esencia que era ese pequeño inocente y perdido, para convertirse en una caricatura de un niño, travieso cuando hacía gracia y siempre atento al efecto que generaba y dispuesto a subir el volumen hasta silenciar los gritos del niño interior que suplicaba saber porque no podía expresarse por sí mismo.

Esa coraza me sentaba bien. No tenía que esforzarme por sentir nada, ni entenderme a mí mismo, ni atender a mis necesidades. De esta manera no tenía que enfrentarme a mis propias emociones, sino representarlas como un actor galardonado por su interpretación de otra persona tan sumamente diferente a quien era aquel cuando no estaba delante de la camera. La vida era un dibujo animado, siempre de risa y carcajadas sueltas. Las de los demás, claro porque mis emociones se quedaban en la mímica de las de los demás. La transformación ya llegó a un punto sin marcha atrás. Ya había metamorfosis completa. Se había muerto ese ser que llevaba dentro.

En ese momento, como un golpe inesperado en el pecho, me quedaba sin aliento e intentaba coger aire desesperadamente. Había vuelto a mi cuerpo de adulto. Un ser mayor que había cumplido los deseos de un personaje ficticio después de haber vivido una vida en muerte. Una vida entera desconectada de la realidad. Con un dolor asombrante, me caí de rodillas en el suelo, con las manos en el pecho, penetrado por la espada que había llevado todos estos años para las batallas entre la esencia en su debilidad y la poderosa figura que había construido como un disfraz de superhéroe para esconderme de mis propias emociones y miedos.

Ese niño inocente ya no estaba perdido, ni estaba muerto como pensaba. Se había encontrado la fuerza del guerrero que le había acompañado a lo largo del letargo. Sólo no sabían entenderse. Ya no había más que dejar que la máscara derrítase, arrastrando los cordones de la armadura, con su fluyo ácido y destructivo. Sentía como me quedaba desnudo, con la armadura hecha añicos debajo de mí. Era consciente de las cicatrices de haber intentado escaparme de allí una y otra vez, rompiendo las uñas con la fuerza de desatar los cordones a pesar de los chorros de sangre que caían entre mis dedos en los intentos en vano de liberarme de mi propia cárcel.

Por primera vez, me contemplaba en el reflejo del televisor del salón, aún reacio a ponerme delante del espejo. Un torso fuerte de un soldado sin miedo, marcado por las batallas luchado, intentando conquistar los terrenos personales que se habían quedado en la oscuridad de la negación y la anulación. Las manos retorcidas de los intentos de acariciar a otros con el cariño que nunca me había dado a mí mismo. Los ojos ahora brillantes, después de una vida de ceguera, que buscaba quien era ése que llevaba la vida escondido detrás de la defensa innecesaria, creada desde la cobardía y rechazo de ser no uno más, sino un ser maravilloso y único.

Los primeros pasos en esta nueva realidad de aceptación incondicional se caracterizan con la tormenta incontrolable por las emociones en conflicto abierto. Un sinfín de preguntas: ¿Por qué has tirado al trasto tu vida? ¿De qué sentías que tenías que esconder? ¿Ahora entiendes que no es que no te amaba nadie, sino no te amabas tú?

La ira exageraba las emociones que llevaban décadas acumulando fuerza en sus jaulas de la denegación. Iba descubriendo la potencia pura de todas esas emociones y cómo se expresaban en la electricidad que recorría por mi cuerpo que estaba atrofiado después de existir sólo para el castigo de uno mismo. Ya no me dejaba atemorizar por mis emociones, ni por expresarlas abiertamente y, así, dejo de rechazar la existencia de quien soy por miedo de no ser suficientemente válido para los demás.

El refugio de lo mental me había permitido rehuir de sentir de verdad las emociones todos estos años. Había buscado siempre emociones extremas para despertar el amor propio que era una vela con la cera ya cubierta de polvo y, por eso, la mecha nunca se pudo encender. Sin embargo, la tormenta de las emociones recién soltadas de su castigo de exclusión quitó ese polvo y la llama empezaba a bailar como nunca había hecho. El brillo llenaba mi ser, antes de alumbrar mi entorno, quemando las células muertas del disfraz que nunca más me pondré.

Un despertar tan tarde es mejor que una eternidad de ignorancia. Pero, hay mucho que aprender sobre la marcha. Ahora, la responsabilidad de ser consecuente. No vuelvo a esconderme de nada o nadie, menos de mí mismo. El filtro mental no me valía antes y ahora estoy seguro de que no me valga de nada. Abro los brazos para dar la bienvenida al dolor y la alegría de sentir con toda intensidad todo lo que me pasa hoy y todo aquello que no sabía sentir a lo largo de mi vida. Como monje dedicado, respiro profundamente y me abro de par en par a recibir todos los sentimientos que había rechazado durante años. Acepto la tarea con respeto y compromiso. Ya soy emoción pura. Soy el amor que siempre estuvo dentro de mí. Me dejo derrumbar y quedarme en nada para volver a empezar, para liberar la esencia que estaba muda y ciega debajo del peso inmenso que había cargado encima para anular totalmente quien era. Soy la luz que había apagado para no seguir el camino que el destino me había ofrecido, atemorizado por la responsabilidad de vivir en plenitud y al servicio de mí mismo, además de otros. Ahora, veo con claridad para donde voy y avanzo con pasos alargados, al ritmo de la música de las voces de los que me acompañáis en esta aventura. Ahora os puedo amar con la profundidad y pureza con las que siempre quise sentir.

No pretendo decir que sea un camino fácil. Me tocará aniquilarme una y otra vez, según vaya descubriendo partes de mi esencia que forman partes fundamentales de quien realmente soy. Hay momentos cuando los filtros mentales y miedos del rechazo de una vida entera se asoman desde detrás de la vegetación que bordea el sendero. Entiendo que son mis fieles compañeros que me servían durante tantos años. Así merecen todo mi amor y gratitud. Mi mirada es de autenticidad y modestia. Acepto quien soy con entusiasmo y me llena de júbilo encararme a los retos que el Universo me propone para seguir aprendiendo lo que me hace falta para seguir creciendo y transcendiendo la mera existencia para transformarla en el éxtasis de gozar de las sensaciones intensas de la madre naturaleza. Acepto la sabiduría de las lecciones de los pasos que he dado para llegar donde me encuentro hoy y agradezco cada experiencia, por muy dolorosa que haya sido, que me ha ayudado a volver a mi centro y dejar de buscar en el futuro lo que no creo tener en mi presente. Hoy vivo en este momento porque es el único. No existe más de lo que siento en mi cuerpo en este momento y los pasos que sigo en este sendero sinuoso por el que sigo acumulando los conocimientos que necesito para acompañarme a mí mismo y confiar en la esencia de mí que ya deja atrás los resquicios del disfraz que perdió relevancia al encontrarme.

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© Mathew Lees 2017

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