No rendirse


Hoy no lloro más, que ya está bien. Hoy no miro las fotos para buscar tu sonrisa. Tampoco repaso nuestra última conversación en mi mente para sentir de nuevo la paz que me daba tu voz. Hoy me levanto del suelo. Recojo lo aprendido y alzo la cabeza mientras ando por el sendero que la vida me ha preparado. Progreso sin miedo o expectativas a encontrarme con las aventuras que están detrás del próximo obstáculo a superar en este aprendizaje que es la vida.

Te solté hace tiempo, desde la certeza del ‘hasta pronto’, en el lugar del ‘adiós’. Mi alma gemela, con quien todo fluía como lo ha hecho en todas las vidas que hemos compartido antes, siglos atrás. Acepto que no estás preparada para que compartamos otra aventura en esta vida. El destino nos acercó desde dos extremos del mundo, por un camino obstaculizado con experiencias, sufrimientos y algún que otro triunfo. Lo supe cuando hablamos por primera vez. Esto no es conocer a alguien, sino reencontrarme contigo después de una separación de vidas enteras. El miedo se apoderó de mí y no sabía encajarte en la sencilla existencia que mi alma ha elegido para este cuerpo que habita.

El amor infinito y profundo que sentía me tranquilizó y me convenció que encontrara la manera de quererte. El peso de la carga emocional que llevábamos encima al conocernos era abrumador y devastador. No se puede subir a la cresta del amor con una mochila tan pesada. La compenetración aligera el peso cuando elegimos compartirlo todo desde la honestidad y sin miedo de reconocer las vulnerabilidades de cada uno.

Nos cogimos de la mano y empezamos a caminar con alegría y un coraje colectivo hasta que la sangre comenzara a fluir de las heridas de la infancia que habíamos tapado por no haber preparado a intentar curarlas. La sangre tapaba los ojos y complicaba seguir el sendero. Los rugidos del pasado hacían eco desde los bosques de la experiencia.

Hasta el más valiente, habituado a descender a su propio infierno, se sentiría pavor a seguir adelante. Más te agarraba la mano, hasta darme cuenta de que sólo había cicatrices y sangre entre mis dedos. Ya me habías abandonado y estaba solo con las lecciones dolorosas pero esenciales del pasado para emprender un nuevo y arriesgado camino.

Esa cara de ángel ya no alumbraba nuestro camino. Quedaba la luz brillante de mi corazón como una linterna que tambalea al capricho del viento. Los únicos susurros que oía eran los desafíos del aire que rascaban mi cara. Las caricias de consuelo y cariño ya ausentaban mi conciencia.

No obstante, entiendo que mi destino es el amor. Pero, sólo llegaré yo a su pureza, trazando la subida peligrosa que tengo por delante. El amor es mío, siempre lo ha sido y siempre lo será. Por eso, la subida es un desafío al que me tengo que enfrentar por mi cuenta con los medios que me han regalado las experiencias de mi vida. Dejo atrás las cargas que me ralentizan el paso, en forma de emociones anuladas o, por lo menos, oprimidas. y sigo con los ojos secos de no llorar más. Por muy cansados que parezcan los músculos, sigo un paso más. La luz se ve más brillante y pura. Mi destino se acerca. Mi pasión por llegar allí es suficiente para que me haga cargo de cualquier obstáculo del camino, como las dudas de mí mismo o de si merezco la oportunidad de saber quererme de verdad.

Sólo con llegar arriba, podré abrazar el amor propio que me faltaba para valorarme y para que me valoren por el brillo intenso y sanador que emite mi corazón de amor puro e incondicional. Las que me han acompañado no podían sostener el peso de la conexión sin los cimientos que enfermaba mi autocrítica destructiva. Acepto la responsabilidad de amarme por quien soy, por quien somos y para poder vivir plenamente este momento que me ha regalado el universo.

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© Mathew Lees 2017

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