Te suelto la mano, pero no te abandono

Las primeras veces que te dije que ‘te amo’, no sabía la magnitud de la emoción de la que hablaba. El amor no es una elección, ni una imposición. Cuando es así, carece de fundamento y está condenado al fracaso. El amor es una entrega incondicional y sin juicios.

Entendí en el sufrimiento del desamor con la vida y la obligación resultante de buscar dentro de mí mismo, que todo el amor está dentro de mí. El dolor y placer los experimento con una intensidad indiferente y de forma simultánea. Cada vez que me clavas una crítica mordaz, me regalas una mirada de complicidad. Tus dudas son mis certezas y mi optimismo contrasta con tu realismo con una pincelada de oscuridad. Acepto y respeto que nuestra conexión atraviesa estados diferentes, y momentos diferentes en la vida y depende de la interpretación desde donde cada uno la observa.

Con esto, aprendí a aceptar que no puedo elegir lo qué pasará. Soy el protagonista de una vida que ya está escrita. Las vivencias me enseñan con el dolor desgarrador viene la visión de la euforia. Cada vez que el universo me arrastra de nuevo adonde pensaba haberme escapado, me doy cuenta de que no soy nadie más que un figurante en el proceso. Al intentar desviarme de mi camino, llegan los demonios a encadenarme, a castigarme y colocarme de nuevo donde tengo que estar, con otras heridas que sanar, otras oportunidades para abstraer la sabiduría del sufrimiento.

Contigo encontré la persona con la que quisiera encaminar por un sendero más amplio, con más obstáculos para enfrentarnos con la sinergia que nos engrandece y nos permite ampliar el abanico de experiencias potenciales de esta vida. Poca idea tenía de la enseñanza que me esperaba.

No hay el ‘amor óptimo’ por el que antes luchaba, sino una oportunidad para compartir la luz y la oscuridad con alguien. Ofrecerte la mano cuando te cuesta lanzarte a las llamas de la destrucción es amarte. Al igual que cuando me acompañaste al precipicio de mi propia destrucción, sin juicios. Saber quedarme atrás mientras te quiebras y ver tu desolación como espectador, mientras recoges fuerzas de la ruina para reconstruirte. Honro el sacrificio de quien creías ser para aprender quién eres ahora. Sólo los valientes elegimos renacer, sabiendo que exige la aniquilación sin piedad del concepto que tenemos de uno mismo.

Por eso, te suelto la mano, pero no te abandono. Por el amor que siento, entiendo que la distancia es lo que necesitas y así sea. Te amo desde donde estoy. No te busco que, si me quieres, me encontrarás. No te lamento que allá donde vayas es mejor que donde estás. Te echo de menos que no estás, sólo habitas mis sueños. Pero me hace feliz saber que estés centrada en tu camino que ahora es muy solitaria y sujeta a la tormenta que requiere la transcendencia. El que te llevará a la paz interior que necesitas para apaciguar tus sufrimientos y aligerar el peso de lo acumulado en este viaje.

Tu camino, como el de todos, es una serie de muertes y renacimientos. Contigo me perdí en las esperanzas sin dualidades y me derrumbé al sentir el rechazo y al darme cuenta de que ese rechazo era algo que salía de mí y que utilizaba para fustigarme e impedir mi propio conocimiento. Ahora, suelto la esperanza de que me ames de una manera u otra, dado que mi amor no tiene condiciones, ni limitaciones y es lo que comparto contigo libremente.

Acepto que soy un reflejo de partes de

ti que has de integrar en la formación que está cogiendo tu último renacimiento. Hay elementos que deseas y otros que detestas. A veces me responsabilizas cuando no ves que la crítica es a ti misma. Entiendo, que todos lo hacemos y yo, el primero. De la misma manera que te reprochaba al ver reflejados en ti mis propios fallos a veces, sin palabras, sino actos y actitudes, siempre desde la ignorancia por no estar preparado a ver mi realidad.

Somos todos imperfectos, proyectos en marcha. Somos menos los que lo reconocemos y menos aún los que actuamos para trabajar con dichas imperfecciones. Tú, al igual que yo, elegiste iniciar un proceso de duelo del pasado, de derrumbar la estatua que veías como tu realidad y, así, poder construir una visualización más afín con la realidad que habitas ahora, en la eternidad. Adoro tu coraje y persistencia en superarlo e integrar sus lecciones en tu presente. Honro poderte acompañar, desde la generosidad y no desde la necesidad. No necesitamos a nadie para llevarnos por la vida, hay que enfrentarnos a nuestros obstáculos por nosotros mismos de manera que nos armemos de herramientas propias que nos permiten agradecer las sagradas enseñanzas que el destino nos presenta en las personas que conocemos y las experiencias que vivimos.

Te muestro mi presencia cuando te caes, de la misma manera de cuando te alzas de nuevo. Estoy aquí para verte fracasar y triunfar, para llorar tus derrotas y saborear tus victorias, como espectador privilegiado, como el padre cuyo hijo se cae de la bicicleta y llora, mientras que él se aguanta y espera a ver como el niño se levanta, se sube de nuevo y sigue pedaleando. La vida se encarga de ofrecernos oportunidades para aprender a base del sufrimiento de la derrota. Nunca dudé de la fuerza y capacidad que tienes para tirarte a tu oscuridad y levantarte con la cabeza en alto, más fuerte que nunca. No pretendo ser imprescindible a un ser completo, sino ofrecer un amor sin juicios, ni condiciones para acompañarte en el descubrimiento de las enseñanzas que el universo tiene para ti, para mi y para nosotros. Lo hago hoy, como siempre, en la eternidad del momento.

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© Mathew Lees 2017

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