El Funeral


La espera desde el “necesitamos hablar” y la llegada de la persona que traía alegría y paz y que es ahora el verdugo, se hace eterna, una marcha fúnebre. Las manos que antes recorrían mi cuerpo con delicadeza ahora sostienen mi cabeza, mientras los labios que me apasionan pronuncian la sentencia de muerte. Esos ojos en los que me perdía ya no buscan conectar con mi alma o las profundidades de mi ser, sino muestran el consuelo ante el derrumbe. Cada respiración que intento captar de ella, como cuando antes compartía el mismo aire con ella para sentirla dentro de mí, es un puñetazo más.

El cuerpo se me hace pesado, cada movimiento es quemarme de nuevo en las llamas del desespero. Intento encontrar las palabras para sanar un discurso ya muerto. La perfección no existe y mis fallos son míos y los tuyos, tuyos son. Son las partes de nosotros que nos hacen las bellas personas que somos y que siempre hemos sido. Pero, también son las partes que no hemos conseguido integrar suficientemente para que nos fortalezcan. Mis imperfecciones han sido mis debilidades, armas con las que me he encargado de fustigarme y, finalmente, dejarme por muerto.

El dolor me paraliza, deja un vacío donde antes había risa, el cosquilleo que recorre mis venas, llevando el veneno hasta mis manos y mis pies que se quedan temblando, ya sin poder tocar los tuyos. El frío que siento sin el calor de tu abrazo. Ni la música puede sustituir los susurros al oído de ‘te amo’.

Ese dolor, que siempre estaba allí, es mío. Al igual que el amor que comparto contigo. Las energías son una dualidad, la alegría más eufórica lleva dentro de sí la desolación. El enamorarme de ti era entregarte mi corazón y el puñal con el que destruirlo. Elegí amarte porque siempre supe que la lección que me ibas a traer era la iluminación. No me mataste tú, sino me entregué a mi propia aniquilación porque ya no podía seguir siendo la efigia que había construido. Dentro del mármol, había un ser vivo y espiritual intentando escapar. Pero, no se fiaba de su fortaleza, acostumbrado a vivir detrás de una capa impenetrable, seguro en su debilidad.

Así, agradezco eternamente lo que me has regalado, con el amor y ternura con los que me has tratado siempre. Honro tu contribución a mi proceso y haberme acompañado en un momento tan decisivo y sufrido. Ahora, te suelto con más amor que nunca, un amor puro sin ningún filtro o condición, sino el deseo de que encuentres lo que necesitas para seguir por tu camino, tu proceso que es tuyo sólo y requiere que lo trabajes libre de sentir responsabilidades externas. Te acompaño con mi ausencia y te amo desde donde estoy.

Por fin, acepto quien soy y me permito andar libremente de la represión a la que me he sometido a lo largo de mi vida. Soy el resultado de las experiencias que me han marcado. Las personas que me han amado para luego dejarme desconsolado y solo, las que han elegido acompañarme en mi camino, apoyándome cuando caía, las que me han alegrado momentos fugaces y las que me han permitido ver la ira dentro de mí. Hoy integro la felicidad, la tristeza, la ira y la tranquilidad y el amor y el desamor. Me amo y comparto mi amor con quien yo quiera, de la manera que me parezca. Soy amor puro, y desamor en equilibrio. Soy la noche y el día – sin la oscuridad, las estrellas no brillan.

Hoy el sol, soy yo. Yo mismo alumbro el camino que el destino me ha marcado. Acepto que mi camino es tal cual como lo veo, luchar contra ello es torturarme, es intentar forzar lo inevitable. Las personas de mi vida y las experiencias que decoran el sendero son las lecciones que necesito para comprenderme y para entender cual es la misión de mi alma en esta vida. Elijo aprender de todo lo que me da el universo, sin juicios y siempre abierto a la dualidad de la naturaleza.

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© Mathew Lees 2017

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