¿Es verdad eso de que 'el amor lo conquista todo'?


Desde la infancia, nos alimentan con unas ideas muy de 'Hollywood' acerca del amor. En lo que consumimos en la televisión y en el cine, vemos como dos personas descubren una atracción que traspasa las barreras de la sociedad para que se unan y cabalgan por una playa hacia una puesta de sol, al ritmo de una canción de amor. La música comercial tiende a seguir los mismos pasos, como el que canta en el metro mientras intentamos leer una historia de amor como la que ridiculizamos en esa misma canción. Los patrones de amor que nos exponen en los artes nos llevan a pensar que hay una persona perfecta 'el amor de nuestra vida' allí por algún rincón del mundo por descubrir o, si no, vivir condenado a la soltería desesperante.

Mi experiencia personal, al igual que la de todos, me ha enseñado que esto no tiene mucho que ver con la realidad. Hay un abanico casi infinito de relaciones al cambio de unas palabras adecuadas en los encuentros casuales que nos regala el día a día. Cada persona es un mundo, cuya experiencia junto con la perspectiva desde que la interpreta, ofrece un viaje fascinante de aprendizaje sobre uno mismo, además de los que nos rodean. El concepto del amor es como un lago dentro de un bosque. Es un espacio inmenso, cuyas dimensiones son imperceptibles al ojo. Bajo una superficie brillante de calma puede haber corrientes de dudas o la insatisfacción silenciada. El agua puede refrescar después de una caminata agotadora por el sendero estrecho y tortuoso que nos ha llevado hacia el. También podemos sufrir cambios inesperados de temperatura debido a abismos por debajo o incluso podemos encontrarnos con monstruos que se niegan a quedarse entre la vegetación de las profundidades a pesar de lo placentero que resultaban los primeros chapuzones en los bordes.

La búsqueda de la pareja perfecta no nos deja ver a las personas que pasan por delante nuestro al diario. Mientras esperamos al príncipe azul o a la dama encerrada en una torre, no fijamos la mirada en las personas que sin pretensiones nos entregan cariño y apoyo desde la inocencia del afecto. Si la cercanía es producto del entendimiento, todo requiere su tiempo. Una hoguera empieza con una serie de chispas, una de las cuales enciende la primera llama que se alimenta de los actos benevolentes de cariño. Si la paciencia permite que el aire entre a ponerle música al baile de esas pequeñas flechas de luz, entonces el calor del amor crece de una forma exponencial, consumiendo los conocimientos y convirtiéndolos en sabiduría.

Todos hemos tenido relaciones cortas que han generado emociones potentes, que se han visto transformadas en lazos amistosos irrompibles. Otras relaciones que han sido producto de un flechazo oportuno me han regalado una intensidad de ilusión que ciega una realidad imposible. en estos casos, siempre deja la deliciosa tentación de pensar en el 'y si...' que alberga la imaginación romántica posterior de cómo habría podido ser todo al haber cogido la otra bifurcación. Dentro de estas relaciones, incluyo las que no pasaron de las sonrisas y brillos de las miradas sugerentes porque los momentos y lugares a menudo fomentan la insinuación de lo que podría haber si no hubiese el velo de la realidad por medio.

También he tenido relaciones largas que han llegado a un punto donde el amor no se extingue, sino siguen bailando las llamas de la infatuación como en el momento del primer beso. Pero, la vida sofoca el fuego, dejando quemaduras donde antes era un abrazo protector del frío de lo desconocido. Es posible sentirse profundamente enamorado de alguien, pero darse cuenta de las diferencias infranqueables. Por mucho que quieras a tu pareja, si los gustos o objetivos en la vida no coinciden es complicado avanzar juntos cuando cada uno tiene inquietudes incompatibles con el rumbo de los dos.

El amor no conquista todo, que no te engañen. Es un trabajo arduo que pocos están dispuestos a hacer todos los días en esta sociedad de gratificación instantánea. Por el contrario, precisamente domar a la bestia de la novedad con su furia de deshacerse de lo conocido es el mayor placer del mundo. Aunque digan que todo es cuestión de voluntad, cuando se trata del amor hay otro factor del que nadie quiere hablar, pero tiene un peso decisivo: la concesión.

Entregarse a otra persona implica ceder a la vez de recibir. El precio del amor es sacrificar algunas cosas o actitudes a cambio de ampliar la perspectiva con la que cada uno percibe su entorno. Las parejas crecen con las experiencias vitales del otro y llegan a ser más sabios que antes. Pero, no más completos. La pareja nunca te puede dar lo que te falta a ti.

Muchas veces esto es el error que cometimos. Si yo te doy mi corazón, tú me puedes completar mi alma. El único amor capaz de hacer esto es el amor por uno mismo. En otros casos, en la frenesí de los principios, los hay que se pasan a la hora de entregar todo lo disponible al otro. Así, el resultado es agobio por los dos lados al haber presentado una situación insostenible. Cuando colocas a alguien en lo alto de un pedestal, el vértigo no permite disfrutar de las vistas y no permite al otro ver tus ojos. Si no permites que miren a través de las ventanas de tu alma, nunca pueden fiarse de ti.

Para conseguir el escudo de la paz interior y la espada de la voluntad para seguir adelante, cada guerrero ha de tomar su tiempo de reflexión en solitario para saber realmente quién es y lo que quiere en esta vida. Lo que nos ofrece en la cultura artística de hoy en día equivale a la transformación de la música popular. Es más importante una cara guapa y un estribillo bailable, que un viaje sonoro por las emociones con sus altibajos, encuentros y desencuentros, sus enfados y sus alegrías.

La mejor música está ya disponible, según los gustos de cada uno. La vida sirve como inspiración y cultivar las melodías y las letras que te lleven a saborear los momentos en la compañía de un ser querido. Lo imperativo es experimentar la sensación de la soledad para poder conectar con las emociones que escondemos delante de los demás y metemos en los rincones de nuestro ser, alejado de la sonrisa brillante que decora una máscara de felicidad. Con el aprendizaje que nos puede aportar dichas emociones, podemos quitar esa máscara y sonreír de verdad, mostrando las arrugas que nos salen con las sonrisas y los imperfectos de la cara que nos ha dado la vida y que nos hacen únicos y bellos.

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© Mathew Lees 2017

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